Mientras 300.000 griegos se fueron del país, otros apostaron a quedarse y hoy perciben algunas mejoras Comentar (0) Me gusta Compartir E-mail Twitter Facebook WhatsApp Obtener link Guardar 20 de agosto de 2018

ATENAS (AFP).- " La crisis fue como una bofetada: habíamos crecido con la ventaja de vivir en un país europeo y de pronto todo se hundió". Panagiota Kalliakmani aspiraba a trabajar como química, pero, como muchos griegos, tuvo que adaptarse a la austeridad y ahora es cocinera.

Luego de graduarse en 2010 en la Universidad de Tesalónica (norte), Panagiota quería ser investigadora. Pero con el derrumbe financiero del país y la aplicación del primero de los tres planes de ayuda, acompañados de drásticos recortes presupuestarios -del último de los cuales sale hoy-, todos los programas de investigación se fueron reduciendo.

Entonces se planteó estudiar medicina legal. Pero los locales de la policía de Tesalónica dedicados a este ámbito también cerraron debido a los recortes.

Tampoco logró entrar en una empresa farmacéutica, ya que todos los laboratorios se trasladaron a Bulgaria.

Así fue como le quedó la opción de dar clases particulares a los alumnos de secundaria, "aunque la gente cada vez paga menos".

Tras un contrato de un año en una escuela, en 2015 Panagiota fue despedida. Ahora se siente realmente "rezagada", sobre todo luego de que una de sus amigas se fue a Irlanda para trabajar de moza y que su hermano economista encontró trabajo en Bruselas, "de donde ya no quiere volver".

Grecia perdió un 25% de su PBI entre 2008 y 2016, con un desempleo que recién ahora acaba de disminuir a apenas por debajo del 20%, después de haber alcanzado un máximo del 27,5% en 2013: los despidos se desataron tras el cierre de miles de pequeñas y medianas empresas.

Por su parte, Matina Tetsiou, separada y madre de dos chicos, perdió su trabajo como empleada de una estación de servicio en 2014. Entonces tuvo que contar con la ayuda financiera de su padre, empleado de una gran empresa.

"El seguro de desempleo era modesto y pude cuidar de la familia gracias a la tienda comunitaria de mi barrio", confiesa.

Al igual que Panagiota, Natacha Dourida, ingeniera civil, vio cómo se exiliaban sus allegados. "Lo más doloroso en aquel momento fueron las reuniones de despedida de los que se iban a vivir al extranjero".

Cerca de 300.000 griegos (de unos 11 millones de habitantes) dejaron el país durante la crisis.

En 2013, con su diploma de ingeniera, Natacha ganaba cinco euros por hora en una empresa de construcción que luego cerró. En la crisis, el sector entró en caída libre.

Panagiota, Matina y Natacha están un poco o mucho mejor actualmente, en la medida en que el país recuperó la senda del crecimiento (+1,4% en 2017).

Matina parece cansada, pero se considera "afortunada" de haber conseguido a fines de 2016 un contrato a tiempo parcial en otra estación de servicio. Aunque solo le da para "alimentar a sus hijos".

Sigue viviendo en casa de su madre y no puede pagar sus deudas ni la seguridad social, ni un préstamo bancario suscripto en 2005 -en plena euforia financiera del país- para emprender su propia empresa de venta de muebles de cocina, que cerró tres años después.

Tras cursar un máster en conservación de monumentos y un seminario en Alemania, Natacha lanzó su propia asociación en pleno auge de la economía cooperativa.

"La crisis fue una ocasión para aprender a trabajar juntos y remediar los problemas", explica esta mujer de 35 años.

Communitism, creada en 2015, tiene como objetivo restaurar los viejos edificios neoclásicos abandonados por el Estado y sus propietarios por falta de medios financieros.

Pese a las mejoras, "aún no hemos salido del túnel", advierte, sin embargo, Natacha. "Aunque hay más trabajos, siguen estando muy mal pagados".

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