Es un lunes de julio de 2017, hace exactamente un año, y ayer Alemania le ganó a Chile la final de la Copa Confederaciones, un engendro de la FIFA que sirve como antesala de la Copa del Mundo. Para ir agitando los corazones. Gastón Recondo abre el programa Estudio Fútbol de TyC Sports mirando la lente de la cámara, creyendo en la ilusión de estar mirándonos a los ojos, y dice que el resultado refleja un trabajo que lleva años. Esteban Edul, a la derecha, le hace la segunda voz:

– Alemania ya no es un equipo -dice-. Es una organización.

Marcelo Palacios, los coros:

– Por primera vez tengo miedo de tanta supremacía.

Y entonces pasa lo que estamos esperando todos: Horacio Pagani, hasta ahora agazapado en la esquina izquierda de la pantalla, con la cara hundida entre las manos, rezando su indignación, se para. Cruza el panel tapando al resto, sin el mínimo registro de las contraindicaciones más básicas del show televisivo, y gana el centro de la pantalla con su pelota amarilla en el brazo. En uno de sus parches, la pelota tiene escrita su definición del fútbol: Dinámica de lo impensado.

– Voy a hablar dos minutos -dice-. Y el que me interrumpe recibe un balazo en la frente.

Se callan los compañeros, se callan los almuerzos de la nación.

– Tácticamente, lo de los alemanes no importa -empieza Horacio-. Lo que hicieron fue crear centros de formación, pero no trabajando un carajo, sino dándole más libertad a los jugadores desde chicos.

– Trabajando -se escucha atrás a Juan Pablo Marrón, enojado.

– Pero sos pelotudo -grita Pagani-. Dije que quiero hablar yo. Anúlenle el micrófono.

Edul quiere preguntarle cómo es eso de la libertad si todos juegan igual, si todo se la pasan al arquero y el arquero sale jugando, y ve venir a Horacio, que ahora le da la espalda a la cámara porque esto ya es personal.

– Te voy a meter una mano en serio, boludo -le dice.

Edul muestra otra pelota, la suya, y lee en uno de los hexágonos su tesis impresa: Mecánica de lo trabajado.

– ¡Mecánica de la poronga! -grita Horacio, y el aire que Recondo pretendía conducir se vuelve una mezcla de carcajadas e incomodidad que sólo puede salvarse con un corte.

Qué hubiera sumado, a ese momento, que los disertantes supieran que Chile no iba a clasificar al Mundial de Rusia y que Alemania iba a quedar eliminado en la fase de grupos, es imposible saberlo. O no: lo cierto es que el mejor programa de fútbol de nuestra televisión está detenido en ese debate, con más o menos dosis de civilización o barbarie, hace un millón de mediodías. Y que el mundial que pasó este domingo no va a servir demasiado para zanjar el disenso.

O sí.

O qué sé yo.

Veamos.

Del lado científico de la mesa, que quiere explicar el fútbol por las disposiciones tácticas, el estudio minucioso del rival y los ejercicios con conos, Rusia 2018 nos reconectó con el segundo principio básico del juego, que es evitar los goles en el arco de atrás. Los equipos que se concentraron en esa línea le subieron la tensión a varios partidos: el primero fue Islandia, que se vendió como el país más chico de la historia de los mundiales pero se las arregló para parar a sus 300 mil habitantes al borde del área, contrarrestando la ansiedad argentina del debut con la densidad por metro cuadrado de una danza vikinga. El Irán del portugués Queiroz, por su parte, ya lleva dos mundiales haciéndole la vida imposible a cada rival en cada partido, con la disciplina defensiva de un hardware, sabiendo que no alcanza la línea de cinco si no se recubre unos metros después con otra línea de cuatro. Y acá nomás pero allá lejos, Uruguay, que copió y pegó la dupla central de Atlético Madrid y la hizo rendir en un área como en la otra.

Todo esos ejemplos tienen en su fuerza el contrapeso que los hunde: ni Irán ni Islandia fueron a Rusia mucho más que a molestar y Uruguay se vio sobrepasado ante la falta de Cavani contra Francia como si encarara un maratón con un pulmón menos.

Del lado romántico de la mesa, que escucha el 4-3-3 como un prefijo telefónico y que cree en el pase y en la gambeta como en el génesis del fútbol primitivo y como nuevo testamento del fútbol para siempre, el mes ruso nos devolvió la sorpresa de equipos arriesgados y vitales. La desfachatez de Senegal y de México para salir del arco propio contraatacando como flechas descolocó los debuts de Polonia y de Alemania, respectivamente, y el vértigo que Brasil y Bélgica habían insinuado tuvo su cruce explosivo en los cuartos de final y produjo el mejor partido del campeonato, con un tiempo para cada uno y la electricidad repartida entre De Bruyne y Hazard por el bando rojo y entre Coutinho y Neymar por el amarillo.

En algún punto de esa recta de opuestos se encuentran los dos finalistas, según cómo se los mire: el primer valor de Francia fue la valentía de su entrenador, Deschamps, que encontró el equipo ajustando la formación del primer partido, sacando a Dembelé para hacer entrar a Giroud y para juntar atrás suyo a los tres que iban a hacer la diferencia creativa: Pogba, Mbappé y Griezmann. El nueve no hizo goles y no sirvió más que como un faro sin luz, suficiente para permitirle a sus compañeros desarrollar sus talentos esporádicos en libertad, turnando las apariciones fulminantes para cerrar partidos abiertos. Lloris en el arco, Varane en el área propia y Kanté en el círculo central sostuvieron los minutos discontinuos de ese ataque indeciso: el equipo se fue del séptimo partido con sólo seis goles en contra y no habrá registro histórico de la fragilidad latente de esa defensa, que hasta la precariedad argentina pudo haber desfondado.

Mientras la creatividad de Pogba, Mbappé y Griezmann se robó todos los títulares, no habrá registro histórico de la fragilidad latente de la defensa de Francia, el campeón de Rusia 2018.COMPARTILO

El de Croacia fue un camino sacrificial sin demasiada épica, en un carro cargado de alargues y de penales tirado por Perisic y por Modric, los dos futbolistas que más corrieron durante el mundial, con 72 kilómetros cada uno, lo mismo que si hubieran arrancado juntos desde el Obelisco hasta la Basílica de Luján para morir sin demasiada pena justo antes de la bendición final, contentos con haber llegado hasta la orilla de una llave modesta.

El 10 croata, premiado por FIFA como mejor jugador del torneo, fue en realidad uno de los que tuvo momentos iluminados, como Hazard y como Mbappé, aunque ninguno jugó lo suficiente para que el futuro imprima su nombre con los asociados a la fantasía de que ganaron ellos solos el torneo de los torneos: Diego en 1986, Romario en 1994, el verdadero Ronaldo en 2002. La memoria infla el pasado con intereses: lo más probable es que hasta ellos vengan distorsionados y que no exista nadie que pueda cumplir el reclamo de nuestro sillón, que es jugar bien todos los minutos de todos los partidos de un mundial. Acaso el más cerca de esa utopía, en esta edición, haya sido Griezman, más olvidable en la historia larga del fútbol que los mencionados pero igual de memorable para el equipo campeón por su funcionalidad sin histrionismos.

Al VAR ya lo habían inventado, si sabremos acá, pero Rusia 2018 terminó de plantarlo y ya no hay vuelta atrás ni pelea idealista para dar en su contra. Quedará para más adelante el conflicto de su financiamiento, con la probabilidad de que los torneos internacionales junten equipos que en sus ligas juegan con la tecnología en el reglamento con otros que no. Quedará en las generaciones del futuro la angustia inminente de que al potrero le falte un recurso determinante del juego que copia, como le faltan los jueces de línea y el pasto parejo. Según datos de la FIFA, previos a la final, el torneo tuvo 445 jugadas revisadas, que frenaron el juego en 19 ocasiones durante alrededor de cuarenta segundos y sirvieron para corregir la decisión previa del árbitro en 16 casos, siguiendo la recomendación inicial de que el recurso sirviera con "mínima interferencia y máximo beneficio". La nueva atención de los jugadores y alguna dosis de distracción de la tecnología hicieron que Rusia 2018 se fuera con sólo cuatro tarjetas rojas, a razón de una cada dieciséis partidos. La imagen definitiva del VAR en el mundial será la de Néstor Pitana, que cobró un penal que no había visto gracias a las repeticiones, así como en la final de 2006 Horacio Elizondo expulsó a Zidane por un cabezazo del que nunca tuvo registro, acaso porque el futuro había llegado hace rato.

Esos detalles también entran en la discusión madre de Estudio Fútbol, pero lo que ahí se presenta como una brecha generacional, espejando una juventud actualizada y estudiosa con la experiencia apasionada, no es necesariamente una cuestión de edades sino, más bien, otra prueba de que al fútbol, como a tantas cosas, no lo miramos para ser felices sino para tener razón. La polémica, al menos en nuestro país, no es otra cosa que una variante academizada de la oposición eterna, corta y reduccionista, entre menottismo y bilardismo.

Si esas categorías sirvieran para siempre y quisiéramos decir, para ser didácticos, que Basile fue menottista y Sabella, bilardista, la experiencia argentina en el mundial de Rusia vino a rompernos cualquier pretensión de dicotomía, con Sampaoli exhibiendo los peores atributos de una y otra vertiente. Antes que cualquier cosa que lo descalifique, ese hombre que condujo nuestro destino fue un hombre que no sabía quién era. Los tres partidos de la fase de grupos le alcanzaron para usar tres ropas distintas, como si siempre viniera del placard de otro, y su gestión al frente de la selección terminó con quince formaciones distintas en igual cantidad de partidos. La retórica con que nos quiso explicar el mundo, sus latidos, fue un compilado de frases de rock barrial con pretensiones bielsísticas y peleado con la sintaxis que se redujo, en las horas de la verdad, a una idea madre que lo salvaba de las repreguntas, que es que al fútbol se juega con el corazón.

Pasaron dos meses, nada más, de que Claudio Tapia, el presidente de la AFA, le dijera a Rolling Stone que la Argentina no estaba preparada para que este fuera su mundial, haciendo un control de daños preventivo que atajaba a Sampaoli de cualquier desastre. "Le hicimos un contrato que supera el mundial de 2022", decía, "porque creemos en su proyecto. Es importante que el cuerpo técnico sepa que no dependemos de los resultados. Todos queremos ser campeones del mundo pero también tenemos que ser conscientes de los errores del pasado". El día que Tapia dijo eso, Pampita recién debutaba en la pantalla de Telefé y decía que quería hacer un programa que fuera una fiesta. Que no le importaba el minuto a minuto, decía, y que prefería no saber el rating. Pasaron dos meses y pasó un mundial: pasaron cosas.