Ortega y su esposa, durante una misa en 2004 Fuente: AP

Daniel Lozano SEGUIR Comentar (0) Me gusta Compartir E-mail Twitter Facebook WhatsApp Obtener link Guardar 16 de mayo de 2018 • 10:05

CARACAS.- El presidente Daniel Ortega y su mujer, la vicepresidenta Rosario Murillo, encabezan la delegación gubernamental que hoy al mediodía se sentará a la mesa del diálogo en Managua, con la Iglesia Católica como mediadora y testigo. Negociación en condiciones precarias, marcada por la desconfianza que se abre en medio de la represión violenta de policías y paramilitares contra estudiantes y ciudadanos, que ayer se cobraron una nueva vida, y medio centenar de heridos, durante las protestas en Matagalpa.

"Envía, Señor, tu luz y tu verdad: que ellas nos guíen y nos conduzcan. ¡Dios bendiga a Nicaragua !", saludó esta mañana monseñor Silvio José Báez al diálogo, utilizando un salmo de la Biblia. El obispo auxiliar de Managua, convertido en el símbolo de unas protestas antigubernamentales a punto de cumplir un mes, forma parte de la Conferencia Episcopal, que se sentará en la misma mesa que la pareja presidencial.

"Estará allí (en la instalación del diálogo) nuestro presidente, nuestros representantes, según la metodología y la organización que dispongan los obispos de Nicaragua como mediadores y testigos de este evento histórico", adelantó ayer Murillo en una de sus habituales intervenciones televisivas.

"Una vez más invocamos al gran poder de Dios para que vayamos todos con el corazón abierto y dispuesto al encuentro para generar las mejores condiciones para el reencuentro, la paz, la tranquilidad y seguridad de las familias nicaragüenses", añadió la vicepresidenta, que se enfrenta a la mayor crisis política y social en los 11 años transcurridos desde el regreso al poder de Ortega.

De momento se desconoce quién más integrará el bando oficialista, que llega al cónclave forzado por las circunstancias y dispuesto a seguir ganando tiempo "para desmontar la resistencia ciudadana a cambio de algunas concesiones cosméticas", avisó el exdiputado Enrique Sáenz, una de las principales voces de la disidencia sandinista.

"No hay ningún interés en una salida pacífica y cívica", advirtió por su parte la comandante guerrillera Dora María Téllez, convencida de que en otro país del mundo estas protestas habrían conducido a la renuncia del gobierno.

Ciudadanos "autoconvocados", como denominan a quienes protestan, y grupos oficialistas se preparan para situarse en las inmediaciones del Seminario Nacional de Fátima, donde se iniciará el diálogo, tras ceder el gobierno y aceptar la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que investigará la muerte de más de medio centenar de manifestantes.

De momento se desconoce qué representantes acudirán del sector estudiantil, los mismos que hace un mes se lanzaron a las calles para protestar contra la reforma del seguro social impuesta por Ortega, que pretendía tapar los agujeros de la corrupción con los impuestos a trabajadores y empresarios.

La violencia desplegada contra los jóvenes por los policías antimotines, las turbas paramilitares oficialistas y la Juventud Sandinista provocó la reacción del resto de la sociedad, transformando la protesta social en un clamor contra los abusos del clan de los Ortega, conformado por la pareja presidencial y sus ocho hijos.

Más de medio centenar de víctimas que condicionan, y mucho, la Mesa del Diálogo. Las elecciones adelantadas, tras recuperar unas condiciones democráticas que hoy no existen, encabezan la agenda de los principales detractores de Ortega, desde el Movimiento 19 de Abril hasta la oposición. En la mesa también se sentarán empresarios, sociedad civil y el movimiento de campesinos.

"Ortega, te está esperando la mesa de rendición. ¡De que te vas, te vas! El pueblo entero estaremos ahí para gritar asesino. La represión de hoy lo único que provocará es más indignación y movilización", censuró Suyen Barahona, presidenta del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), una de las principales piedras políticas en el zapato de Ortega.

Fueron los sacerdotes católicos quienes impidieron una nueva masacre durante las protestas de ayer, al proteger a los jóvenes, no solo en las calles de Juigalpa, como atestiguan unos vídeos que parecieran sacados de la hemeroteca centroamericana del siglo pasado, sino también convirtiendo la catedral de Matagalpa en un improvisado hospital de campaña.

Solo 24 horas antes el propio obispo de Matagalpa, monseñor Rolando Álvarez, se lanzó en procesión a las calles de Sébaco cuando las fuerzas oficialistas atacaban con saña contra quienes protestaban, entre balazos y morteros. Las imágenes cabalgan en las redes sociales ante el control informativo que el orteguismo mantiene en canales públicos y privados, repartidos todos ellos entre sus hijos y sus socios.

Por: Daniel Lozano

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