0 6 de marzo de 2018

Hace un año, la autoproclamada elite global se reunió en Davos, sacudida por la elección de Donald Trump, que nunca ocultó su desprecio por las alianzas multilaterales que sostienen a la Unión Europea. Fue entonces cuando dio un paso al frente el presidente chino, Xi Jinping, y prometió que si Estados Unidos dejaba de ser el gran defensor del sistema mundial, lo sería China.

Los funcionarios de Europa estaban encantados. Pero un año después se enfrentan con la realidad de que Xi, en vez de ser su defensor, también puede convertirse en una amenaza para el orden mundial. La abolición del límite de dos mandatos presidenciales, una medida que convertiría a Xi en líder vitalicio, ha echado por tierra las esperanzas de que ese país se convierta en "un accionista responsable" del sistema global. Ahora son pocos los que piensan que China avanza hacia la consolidación de los valores de democracia y Estado de Derecho.

Por el contrario, ahora que China está inundando de inversiones Europa Central y los Balcanes, muchos líderes europeos la acusan de intentar dividir a la Unión Europea. También les preocupa que tanto en su estrategia militar, de espionaje y de inversiones en el extranjero China se ha vuelto mucho más agresiva, apuntando sus cañones comerciales incluso contra Alemania, su principal socio en Europa.

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Durante décadas, la Unión Europea aprovechó el sistema global creado por Estados Unidos en la Segunda Posguerra, al igual que China. Y aunque la Rusia de Vladimir Putin siguió siendo una potencia revanchista que intenta desestabilizar al bloque europeo y recuperar territorios perdidos durante la Guerra Fría, el auge económico de China siempre dependió de la estabilidad y el orden mundial, al igual que Europa. Pero la perspectiva de que Xi gobierne a perpetuidad ha trastocado esa ecuación. Muchos líderes europeos desconfían de Trump, que dice verlos menos como aliados que como competidores. Pero si acercarse a China antes parecía una movida inteligente, al menos mientras Trump ocupase la presidencia, ahora Xi también representa un problema, uno de esos que nunca desaparecen.

"Estamos frente a un punto de inflexión -dice Orville Sxchell, director del Centro de Relaciones USA-China de la Sociedad Asia-. El mundo occidental ahora entiende que hay que tomarse mucho más seriamente que antes el impetuoso avance de China en el mundo".

Entre los líderes europeos la preocupación por las intenciones de China ya venía en aumento, especialmente debido al vacío de liderazgo internacional que ha dejado Trump y a la persistente injerencia de Rusia. El mes pasado, el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Sigmar Gabriel, advirtió que China estaba buscando imponer su propio modelo de orden global. "Si no logramos consensuar una estrategia común hacia China, entonces China logrará dividir a la Unión Europea", había dicho Gabriel en un discurso anterior. En ese momento, algunos pensaron que se trataba de un comentario alarmista, pero ya no.

A esta altura, los líderes europeos ya saben como lidiar con Putin. Pero Xi es algo muy distinto, según Susan Shirk, experta en política china. "Mientras que a Putin le gusta ser el villano, Xi quiere ser respetado como líder mundial", dice Shirk, que actualmente dirige el Centro China Siglo XXI de la Universidad de California.

Ahora que China ha vuelto a un sistema más leninista, "todavía no sabemos qué implica eso para la gobernabilidad del mundo, especialmente cuando Trump abjura de ella y la desprecia", dice Shirk, y agrega que el mundo debe dialogar con China para que Xi logre concretar sus ambiciones en el contexto de las estructuras existente, "y no reaccionar desmedidamente cada vez que China toma la iniciativa".

Traducción de Jaime Arrambide

Por: Steven Erlanger

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