España tuvo que repetir elecciones Fuente: Archivo

Luisa Corradini SEGUIR 0 4 de marzo de 2018 • 17:25

PARÍS.- Como ocurrió antes en Irlanda, Bélgica, España u Holanda, la incertidumbre sobre los resultados de las elecciones italianas de hoy y los cuatro meses de suplicio que vivió Angela Merkel para lograr una coalición en Alemania confirman una peligrosa tendencia que amenaza las democracias europeas: la dispersión de votos y la aparición de partidos contestatarios vuelve cada vez más difícil formar gobiernos estables.

Merkel logró hoy, después de cuatro meses, que le aprueben su nuevo gobierno
Merkel logró hoy, después de cuatro meses, que le aprueben su nuevo gobierno Crédito: Jorg Carstensen / DPA

Repúblicas o monarquías, 24 de los 28 países de la Unión Europea (UE) están actualmente gobernados por una coalición. Pero cuando hace 20 años los principales actores de esas alianzas eran invariablemente los grandes partidos tradicionales de izquierda o de derecha, hoy alcanzar una situación de gobernabilidad es un ejercicio casi imposible.

En Holanda, las elecciones de marzo de 2017 dieron una escasa victoria al partido liberal saliente de Mark Rutte y los europeos respiraron aliviados por la derrota de la ultraderecha del Partido de la Libertad. Pero la fragmentación de resultados exigió 208 días de negociación -el periodo más largo de la historia del país- para obtener un acuerdo de coalición entre los cuatro partidos de centro y derecha que ahora gobierna a los holandeses.

En España, el paisaje político estuvo dominado desde los años 1990 por el bipartidismo del conservador Partido Popular (PP) y el Partido Socialista (PSOE). Todo cambió con la aparición de Podemos a izquierda y de Ciudadanos a la derecha. Las legislativas de diciembre de 2015 provocaron una parálisis política, que obligó al llamado de nuevas elecciones. En junio de 2016, Mariano Rajoy pudo conservar su cargo al frente de un gobierno minoritario de derecha, ayudado a distancia por Ciudadanos.

Otro ejemplo revelador de la fractura del paisaje europeo fue Irlanda que, como el resto del bloque, sufrió profundamente los efectos de la crisis de 2008. En las legislativas de febrero de 2016, ningún partido obtuvo la mayoría. Sin coalición evidente y tras dos meses de negociación, Leo Varadkar fue nombrado primer ministro de un gobierno liberal minoritario que cuenta con el apoyo de diputados independientes, pero también con la abstención mecánica de diputados de otro partido centrista, el Fianna Fáil, cuando se trata de votar la confianza al ejecutivo.

Después de las legislativas de 2017, el gobierno conservador británico saliente se vio obligado a consentir un peligroso acuerdo con los unionistas irlandeses de DUP, única forma de consolidar la mayoría de la actual jefa del gobierno, Theresa May , en la Cámara de los Comunes.

Ninguno de esos ejemplos se acerca, sin embargo, a lo que sucedió en Bélgica, cuando la fractura institucional entre flamencos del Norte y valones del Sur sumergió el país en una parálisis de 541 días, después de las legislativas de 2010, ganadas holgadamente por los independentistas del Norte.

Theresa May debió armar una peligrosa alianza con un partido de Irlanda del Norte
Theresa May debió armar una peligrosa alianza con un partido de Irlanda del Norte Fuente: Reuters

A ese derrumbe de las alianzas tradicionales entre los grandes partidos de derecha y de izquierda, se suman ahora el avance brutal de la extrema derecha y, sobre todo, la multiplicación de pequeñas formaciones que defienden temas específicos: la defensa de los animales, de los ancianos o de las libertades individuales en un mundo de control.

Según una investigación realizada por el semanario The Economist, a comienzos de los años 1980 había un promedio de siete de esos partidos en cada país de la UE, que obtenían alrededor de 1% de los votos en cada elección legislativa. Hoy ese número pasó a nueve. En el mismo periodo, los partidos vencedores han visto sus resultados desmoronarse -siempre en promedio- de 37% a 31%.

Tendencia inquietante

La tendencia es inquietante por numerosas razones. Quizás la más inesperada de ellas sea el efecto de esas coaliciones, cada vez más amplias e inestables, sobre las finanzas públicas. Un estudio publicado por la Fundación Schumann, de Alemania, señala que la inclusión de un partido suplementario en una coalición para hacerla más estable provoca un aumento de 0,5% del gasto público. Esto, para satisfacer las exigencias del partido en cuestión durante el mandato.

El segundo problema, mucho más importante es, en qué medida esas coaliciones heteróclitas impiden la adopción de leyes o retardan el trabajo parlamentario. El ejemplo más reciente de ese riesgo fue el intento de Angela Merkel de formar una llamada "coalición Jamaica", integrada por demócrata-cristianos, liberales y verdes. De haber sido viable, las diferencias de posición con respecto a Europa (mayor o menor integración, política fiscal, austeridad, etc.) habría prácticamente paralizado el cuarto mandato de la canciller.

Por fin, al desapego que han provocado esas repetidas alianzas entre grandes formaciones de izquierda y derecha -el sistemático "son todos lo mismo"-, incapaces de responder a las nuevas expectativas de electorados desorientados, ha visto la irrupción brutal de los partidos populistas en el juego político.

Según recientes estudios, la afiliación a partidos tradicionales se redujo a la mitad en los países de Europa occidental en apenas una generación. Desarmados, sus dirigentes se ven obligados a hacer "acuerdos con el diablo" para ejercer el poder.

Más desarmada aún ante el fenómeno, la UE acepta hoy situaciones que nunca antes habría permitido. La primera vez que el racista y xenófobo Partido de la Libertad (FPO) llegó al poder en Austria en los años 2000 de la mano de Jorg Haider, el bloque -escandalizado- aisló y sancionó al país, convirtiéndolo durante años en el paria de Europa. Nada de eso sucedió después de las elecciones legislativas de octubre de 2017, cuando el joven canciller conservador del Partido Popular, Sebastian Kurz, decidió aliarse con el FPO, que actualmente controla los ministerios clave de Defensa, Relaciones Exteriores e Interior.

A juicio de los especialistas, la preferencia de los electorados por formaciones anti-establishment no dejará de aumentar, debilitando cada vez más el sistema democrático occidental. Según Piero Ignazi, profesor en la Universidad de Boloña, "mientras más se polarice la política, a imagen y semejanza de las mismas sociedades europeas", será cada vez más difícil para el bloque hacer frente a los grandes desafíos".

Por: Luisa Corradini

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