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Es increíble. Bueno, no tan increíble, al fin y al cabo es Tom Cruise. Pero sí, no seamos cautos: es definitivamente increíble, milagroso. Al ver Barry Seal: sólo en América estamos otra vez ante el milagro de Cruise, que nació en 1962. A los 55 años, el actor interpreta a un hombre mucho menor. Pero ese no es el milagro.

Foto: Gentileza UIP

Vamos por partes: una parte del milagro es que no es un rejuvenecimiento digital, como el asombroso proceso puesto sobre Kurt Russell en Guardianes de la Galaxia vol. 2. Otra parte es que Cruise, más allá de las polémicas con sus creencias y/o sus probables retoques faciales, aparenta ser inoxidable. El mayor milagro de Cruise, su eterno retorno, es que interpreta a un personaje mayormente situado en los años 1980-1986 y Cruise parece el mismo Cruise de esos años.

Recordemos: el Barry Seal real fue, entre muchas otras cosas que se derivaron de esta notoria habilidad profesional, un gran piloto de aviones. Y como piloto de avión con prestancia puesto en un vibrante plano cinematográfico, Tom Cruise es inmediatamente Maverick de Top Gun, ícono desde hace más de tres décadas, película debatida en diálogos por Quentin Tarantino, recuperada en la valoración y recordada una y mil veces cada vez que suena su banda sonora, especialmente el lento "Take My Breath Away" de Berlin. Y Tom Cruise, a 31 años de Top Gun, es el de Top Gun. Inconcebible. Increíble. Milagroso. Real. Es más, Tom Cruise no solo parece igual de joven y energético que hace 31 años, así, dicho sin más: ¡parece igual de joven y energético que cuando la música se vendía en casetes y la canción de Berlín la conocíamos como "Quítame la respiración"! Llegó el CD, pasó de moda el CD, y Tom Cruise está como en la época en la que reinaban los TDK de cromo.

Además, Barry Seal -dirigida por Doug Liman- presenta, en su afiche, a Cruise en una pose muy similar a la de su personaje en Rain Man (1988), y hay que decir que en ese entonces el señor Cruise hasta parecía más viejo. Y hay más, en un momento la película salta unos años y llega a 1985, y un primer plano con la mirada a cámara de Cruise con pelo más largo nos transporta al Joel de Negocios riesgosos (1983). Barry Seal parece trabajar la década de los ochenta de Cruise de manera sistemática, en parte porque tiene algo scorsesiano (es, de alguna forma, otra historia de ascenso y caída aunque mucho más secular que lo habitual en la obra del neoyorquino, más parecida al Lobo de Wall Street) y vemos todo el tiempo el dinero, su abundancia y su color (El color del dinero, 1986). Por otro lado, si en Nacido el 4 de julio (1989) Cruise se ponía a las órdenes de Oliver Stone para intentar representar de manera pretenciosa el alma de América, en Barry Seal parece responderle a esas ideas con especial sorna. La película de Liman, mediante Cruise, vuelve a los ochenta con decisión, para dejar bien en claro que el mundo de Stranger Things y del menú musical Aspen ya pasó hace 30 años. Y que lo único que permanece en forma de esos años es Tom Cruise, que con Liman ya había mostrado, en la muy recomendable Al filo del mañana, su capacidad de hacer bucles temporales.

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